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1992. Hacienda amenaza con los módulos

Escrito por: Enrique Granda
16/05/2016
Club de la Farmacia - Blog - Libros|Venturas y Desventuras

¡Qué año, 1992! Nos fuimos todos a la Expo de Sevilla, aunque no pudimos estar en las Olimpiadas de Barcelona porque la farmacia necesitaba atención. Y, de nuevo, nos metimos en un jaleo de obras durante el mes de agosto. Habíamos comprado el local contiguo para ampliar las instalaciones y poner un buen peso, un pequeño despacho para dietas y una zona más grande de cosméticos y publicitarios.

Farmateca Club de la Farmacia

Y ya que estábamos metidos en jaleos, decidimos también sustituir las estanterías correderas por otras nuevas de cajones, que era la última moda. Fue un horror, porque lo pusimos todo de marca especializada y nos costó mucho tiempo y dinero; pero confiábamos en que la venta de publicitarios y otros productos compensase las pérdidas de márgenes constantes.

Mi farmacia tenía un punto a su favor, y es que estaba en un barrio relativamente joven, con parejas que tenían niños y venían a por geles, pañales, leches maternizadas y, de paso, también cosméticos y productos de dieta. Y eso nos permitía ciertas alegrías que los medicamentos de prescripción nos daban cada vez menos.

Recuerdo que, por aquellos días, se produjo la primera exclusión de medicamentos de la financiación y otro tema que supuso un cambio importante para las farmacias: el fin del Patronato Farmacéutico Nacional. Era el mes de diciembre cuando me desayuné un día con la noticia de que el Patronato —que gestionaba el Consejo con las aportaciones que hacíamos los farmacéuticos colegiados— estaba en quiebra (aunque ellos lo llamaban déficit actuarial), y el futuro de las pensiones de viudas y jubilados farmacéuticos estaba en peligro.

Seguro que muchos recordaréis aquellos sellos morados, creo que de 20 y 40 céntimos, que ponían los laboratorios en los envases de medicamentos. Pues aquello era la base de nuestra aportación al Patronato. El importe nos lo cargaban a las farmacias en las facturas de los laboratorios, pero los sellos se compraban en los colegios de farmacéuticos, que entregaban el importe al Consejo General. Después los sellos desaparecieron, por el coste que suponía en el envasado, pero se suponía que los laboratorios seguían pagando a los colegios como si éstos estuvieran pegados en cada envase, y además, cada vez a mayor precio, porque primero nos costaban 60 céntimos por envase y en 1992 pagamos ya 1,20 pesetas.

Mi indignación fue importante, porque no sólo iba a haber problemas con las pensiones de viudas y huérfanos, sino que además lo que había cotizado al Patronato a mí no me valdría ya para la jubilación. Así que me tocó darme de alta como autónomo, para garantizarme una pensión de la Seguridad Social; algo que, además, resultó ser obligatorio.

Una cuestión muy debatida por aquel entonces fue si la farmacia tendría que estar incluida en módulos para el pago de los impuestos —como otras profesiones que se ejercían de forma individual— o, por el contrario, tributaríamos en estimación objetiva. No me preguntéis que es una cosa o la otra, pero recuerdo que al principio se determinaba cuanto pagarían todas las farmacias de España y el Consejo General hacía un cálculo de cuanto le tocaba a cada uno en función de sus ventas. ¡Qué tiempos!

La verdad es que aquellos años fueron los mejores. El mercado subía a dos dígitos y todos los farmacéuticos hablaban de inversiones. Nosotros nos compramos una casita en la sierra… para que los niños salieran los fines de semana de nuestra ciudad que comenzaba a estar muy contaminada, al menos esa fue la disculpa.

Y acabó 1992 sin más percances ni venturas que los relatados… que no fueron pocos, en realidad.

 

Y si la entrada «histórica» del libro Venturas y Desventuras de la farmacia del Dr. Enrique Granda os ha gustado, podéis disfrutar de todas las anécdotas y del repaso de la historia en este libro descargable disponible en nuestra Farmateca.

Fecha de la última modificación11/12/2018

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