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La ruta jacobea como terapia. Boticas y jardines de la salud en el Camino de Santiago.

Escrito por: ANTONIO BUSTO
23/08/2022

Como muchos sabéis tengo mi oficina de farmacia en Noia (A Coruña) y lleva abierta al público casi 300 años. Noia, es considerada como la villa del Portus Apostoli o puerto del Apóstol, al que llegaban mercancías por mar procedentes de los rincones más lejanos, una vía marítima que continuaba por tierra hasta donde hoy descansan los restos de Santiago.

Como por esta vía, durante siglos se establecieron rutas desde todas las zonas del mundo conocido hacia la tumba del Apóstol; un camino de inspiración religiosa que continuó siendo también recorrido por cuestiones de superstición, reencuentro con uno mismo, y motivaciones de todo tipo, incluidas aquellas en las que el peregrino buscaba una gracia o un remedio a sus dolencias.

En el camino tienen también lugar accidentes, robos y crímenes, que requieren de la atención y de la protección del peregrino y, en base a estas necesidades, los caballeros de las distintas órdenes de la cristiandad ofrecen protección y acompañamiento espiritual.

Entorno al camino crecen también poblaciones cuyas condiciones higiénicas mejoran las de origen del peregrino, con lo que hace que las bondades del Camino de Santiago adquieran una repercusión con efecto llamada que las gentes atribuyen a las gracias del Apóstol. No menos importante es el aspecto dietético o el de la calidad del aire de la Meseta, más salubre en estas regiones que son también más benévolas. La dieta del peregrino incluye el saludable trigo del pan castellano que se elabora en los hornos de la ruta jacobea y que sustituye al menos indicado centeno europeo, aparte de por otras consideraciones como el ergotismo provocado por el cornezuelo.

La mayor parte de los magníficos monasterios disponen del famoso huerto boticario, mimado y cuidado por una persona que se encarga de la extracción de activos y simples para la preparación de los remedios necesarios para atender a sus poblaciones y a las demandas de los esporádicos visitantes. En este jardín anexo se cultivaban las plantas curativas y medicinales que se usaban en la botica del cenobio. Algunas boticas monacales, en ese tiempo, ya eran regentadas por particulares a los que se les abonaba una cantidad y que heredaban todo el saber boticario acumulado entre las paredes de aquellos monasterios. Estas personas, cuando las directrices de los distintos concilios prohíben a los monjes ejercer la medicina y el arte boticario y se produce el desahucio y abandono por la desamortización, se hacen cargo de forma definitiva de sus boticas, que terminan siendo gestionadas en su totalidad por estos boticarios que se van especializando y se separan, más si cabe, del ejercicio tradicional de la medicina. Posteriormente más boticarios se establecen en estas rutas y se acelera esta situación en la que los peregrinos dejan de ser atendidos de sus dolencias, por los monjes, en estos establecimientos hospitalarios.

Inicialmente se hablaba solo del arte de curar, de sanidad en el camino siguiendo la tradición hipocrático-galénica en su versión árabe, pero también la obligación cristiana de atender y curar al peregrino como un acto de caridad, la regla cisterciense aún vigente de servir al prójimo como si del mismísimo Cristo se tratara, motivo que explica la dedicación de los monjes de entregarse al estudio de las artes curativas y del espíritu en la misma medida.

Entre estos monasterios con botica cabe destacar los de Santa María la Real de Oseira,  San Xulián de Samos, o el más importante y cercano al Apóstol a su llegada a Santiago, la botica del monasterio de San Martín Pinario, restaurada esta hace poco y de visita obligada al final de la ruta.

Muchos peregrinos mejoraban con el simple ejercicio al aire libre, otros pasaban largas jornadas de curación en los hospitalarios monasterios hasta recuperarse, si lo hacían, con los tratamientos obtenidos de las huertas y jardines de las boticas. Los responsables tenían la obligación de perfumar las enfermerías con plantas aromático-medicinales y la huerta de estos establecimientos debía dedicarse solo al cultivo de éstas, pues había otro huerto para el cultivo de vegetales, legumbres y frutos. Las plantas más importantes, arsenal terapéutico de este hortus sanitatis, eran entre otras:

Dictamo (Dictamnus albus) especie especialmente utilizada para ´hacer salir el hierro del cuerpo´, pues en aquella época de salteadores de caminos, eran muy frecuentes las heridas cortopunzantes causadas por flechas, espadas y lanzas.

Escorzonera (Scorzonera hispanica) usada para combatir las mordeduras de víboras, el reumatismo y la hipertensión.

Todosana u orovale (Hypericum androsaemum) para todo tipo de males del caminante, escoceduras, golpes y arañazos, en forma de emplastos.

El beleño (Hyosciamus niger) era útil para calmar el dolor de muelas y de peligro evidente, pues su abuso, ´les confería poderes para volar, adivinar el futuro o alinearse con el maligno`.

Las yemas de álamo negro (Populus nigra) se usaban para combatir las molestas hemorroides, otro mal del caminante que no nos ha dejado aún hoy en día.

Las hojas de aliso (Alnus glutinosa) se usaban también para combatir los pies cansados a modo de plantillas dentro del calzado y las zapatillas en las jornadas de descanso, aunque también para las rozaduras.

La zarzamora (Rubus fruticosus) servía para hacer remitir la diarrea gracias a los taninos que se concentran en sus brotes jóvenes.

El resto de los males estomacales se trataban con hierbabuena (Mentha sativa) y poleo (Mentha pulegium), pero también con hinojo (Foeniculum vulgare) que facilitan el proceso digestivo, mejora el aliento y alivia el dolor de tripa. También ayudan a expulsar parásitos y lombrices intestinales.

En esta relación no podía faltar la más alusiva al Santo, la hierba de Santiago (Senecio jacobea) de marcadas propiedades carminativas, aunque los peregrinos la usaban también para cicatrizar llagas y heridas por sus propiedades vulnerarias.

Otros males comunes del caminante se trataban con berros (Nasturtium officinale) para el cansancio, pero también bebiendo zumo azucarado de uva de gato (Sedum album) o el romero (Rosmarinus officinale) y la siempreviva (Sempervivum tectorum) para combatir las molestas picaduras de insectos.

La lista de plantas y de males sería interminable, pero no el camino de encuentro con el Ápostol cuyo final celebran los peregrinos, calmando el frío con las bondades de la no menos curativa comida y bebida gallegas.

 

Bibliografía

  1. Farmacia y Camino de Santiago I y II. Albarelo. Carlos Adanero-Oslé.
  2. La botica del peregrino.
  3. El camino francés. Historia del monasterio de Samos. https://www.fundacionjacobea.org/camino-de-santiago/camino-frances-historia-del-monasterio-de-samos/
  4. La botica del monje. Especial informativo en la opinión de la Coruña. Año X. Número 489. 20 de junio de 2010.
  5. Reconstrucción de la mayor botica del SXVI. Belén Dominguez Cebrián. El País. 17 de agosto de 2013 Ed. Santiago.
  6. Ruta por las viejas boticas y los medicamentos naturales. https://www.elcorreo.com/planes/ruta-viejas-boticas-20211104130201-nt.html.
  7. Las farmacias en los monasterios. https://cartoixadevalldemossa.com/las-farmacias-en-los-monasterios/

Antonio Busto, Farmacéutico comunitario de A Coruña.

Fecha de la última modificación02/08/2022

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