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Venturas y Desventuras en una Farmacia (2) 1982. ¿QUÉ ES ESO DEL CONCIERTO?

Escrito por: Redacción Club de la Farmacia
24/01/2016
Club de la Farmacia - Blog - Venturas y Desventuras

Llegué a 1982 con mi farmacia consolidada en mi barrio y un mancebo contratado después de pasar por una transición a la democracia y toda la crisis sanitaria de la colza. Era la farmacéutica de guardia —o boticaria según la edad del paciente— y me había hecho con la simpatía de todas las mamás de mi zona, algunas abuelas, todos los abuelos y algún que otro jovenzuelo despistado al que no le ponía pegas en dispensar lo que necesitaba con discreción.

—¿Qué hago para adelgazar un par de kilitos?— me preguntaba María. Y yo le aconsejaba una dieta equilibrada que no le iba a crear problemas.

—¿Y alguna crema para las estrías?…— Juanita, que había tenido ya dos niños.

—Ay, hija… es que mi Matías duerme fatal y me ronca…

—Vengo a por lo mío… Ya sabes la gamalubina — aquí nuestro vecino se refería a una gammaglobulina que el relacionaba con el pescado lubina — Y el laxantino ese— que no es ningún laxante, sino el Lexatín.

—¡Mira lo que me han recetado en el ambulatorio! Algo de huérfanos…—y yo le traducía la receta y le traía su Orfidal.

—Deme rápido esto que me ha recetado el médico que mi marido esta con un cólico frenético— … ¿Querrá decir nefrítico? — Ah, eso, nefrítico…donde tengo hoy la cabeza…

Debo reconocer que agradezco a mis padres su apoyo para instalarme en 1977 —y a la buena suerte de terminar la carrera a tiempo— porque mis amigos que esperaron a la Constitución para poner farmacia ya no pudieron hacerlo. El decreto de abril de 1978 supuso un antes y un después. Alguno al final consiguió abrir farmacia, pero gracias al traspaso de un familiar cercano o a pleitear durante muchos años por el 3.1.b (algo de lo que todos hablaban pero que yo nunca me he ocupado de conocer).

Así, 1982 fue políticamente el año del cambio, pero para los farmacéuticos fue, además, el año del concierto. Y no me refiero al de los Rolling Stones en el Vicente Calderón —que no me perdí aunque tuve que montar un jaleo importante para viajar a Madrid y dejar a una compañera de carrera abriendo la farmacia—, que también fue un puntazo, sino al que pusieron en marcha los dirigentes políticos (para ellos, el concierto era todo) y que pronto se convirtió en una fuente de problemas para los farmacéuticos.

aventuras y Desventuras en una FarmaciaRecuerdo aquellos tiempos como una etapa en la que las deudas me agobiaban. Con eso de la inflación no había forma de calcular los gastos de cada mes, y se me acumulaban retrasos de la administración. La inflación estaba en el entorno del 15% y obligaba a llevar a cabo revisiones de precios anuales, siempre insuficientes; tuve que aplazar los pagos a la cooperativa otros 30 días. Una inflación así estaba bien para el que tenía dinero o propiedades, pero no para el que debía, como era mi caso. Además, todos pagábamos aportaciones a la Seguridad Social: industria, distribución (que al final también somos los farmacéuticos de oficina de farmacia) y, por supuesto, también las farmacias de a pie… ¡si es que nos habíamos convertido en financiadores de la administración, siempre adelantando el precio de las recetas! Y los márgenes teóricos del 30% para las farmacias (y del 12% para la distribución) no eran tales en realidad, y la prueba es que su suma era la irreal cifra del 38,40.

En Madrid eran los tiempos de la movida, y algo se le pegó a nuestra provincia: en todas partes menudeaban los atracos a las farmacias. A mí me asaltaron solamente dos veces, pero no quiero ni recordar cuando me acercaron una jeringuilla a la garganta. Les di todo lo que había en la caja sin rechistar, pero además querían Lorazepan y yo no tenía. Aquel método de atraco se puso de moda porque era amenazante pero no se trataba de un arma, y los delincuentes sabían que tenían una pena menor que si les cogía la policía con una pipa o una navaja. Eran los tiempos del SIDA y de las drogas psicodélicas, y también de los pantalones de campana.

Algo, sin embargo, habíamos avanzado. Los pedidos ya no los hacíamos a mano, sino por teléfono. Y se inventaron las etiquetas para hacer el pedido. Los medicamentos hasta entonces tenían un código listo (o inteligente según se mire): los tres primeros números representaban el laboratorio y los tres segundos el medicamento dentro del laboratorio. Recuerdo todavía que mi mancebo, David, sabía perfectamente identificar cada medicamento por su código, hasta tal punto se había especializado en leerlos, aunque yo confieso que nunca fui capaz. Y hoy me alegro… ¿para qué gastar neuronas en algo que se iba a quedar obsoleto con el tiempo?

En medio de tantos problemas, hubo dos cuestiones realmente importantes en mi vida en 1982. La primera fue que me comprometí con Pedro, que un día me llegó a la farmacia con un anillo escondido en una mano y una rosa abierta en la otra. Quería ser farmacéutico consorte, decía (a lo que yo le contestaba siempre con suerte, Pedro, con suerte). Y la otra cuestión —dirán que soy demasiado pragmática— fue que el precio de los publicitarios se liberó, lo que me permitió planificar estrategias de marketing en mi farmacia, sintiéndome un poquito más abierta a la modernidad.

La verdad es que siempre he sentido la farmacia como una vocación y no como un mero negocio, pero hay quien pretende que seamos solamente mercaderes. Y la verdad… ni una cosa ni la otra. Yo defiendo un modelo de farmacia con el que me identifico, que es una empresa privada —y eso quiere decir que podemos tomar decisiones que den viabilidad al negocio— pero que cumple funciones de interés público por las que no se nos remunera desde la Administración pero sí que aprecia la población.

Quizá por eso los boticarios somos un engranaje indispensable y muy cercano para los pacientes, y nos sentimos orgullosos de serlo.

Un día comprobé que los boticarios todavía seguimos siendo considerados las fuerzas vivas de la sociedad. Y es que un chiquito que estaba estudiando sociología —¿es eso una carrera?— entró en la farmacia para entrevistarme porque estaba haciendo un estudio sociológico del barrio y su profesor le había indicado que era imprescindible que entrevistara al médico del ambulatorio y al farmacéutico, aunque también a quien estuviera al frente del quiosco de periódicos y al estanquero.

Recuerdo, además, aunque un poco más desdibujado, que por aquellas fechas se hablaba del fin del R-64 y que la prensa no paraba de publicar informaciones dudando de la eficacia de ciertos medicamentos. Hasta entonces se había pensado que la ciencia todo lo podía y que no había pasos atrás en los avances sanitarios, pero en la década de los 80 nos dimos cuenta de que había enfermedades que no podíamos erradicar de un día para otro y de que la prevención era una buena estrategia de salud pública.

Y si quieres leer todo el libro entero, puedes hacerlo en este enlace.

Fecha de la última modificación24/01/2016

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